Vivimos inmersos en una cultura donde la inmediatez se ha convertido en norma: mensajes instantáneos, notificaciones que interrumpen y sistemas que “completan” lo que íbamos a decir antes incluso de terminar la frase. Esa velocidad no solo cambia hábitos; también cambia la manera en la que pedimos, esperamos y toleramos lo incierto.

En consulta, esta cuestión aparece con frecuencia en personas que sienten que “todo va demasiado rápido” por dentro: pensamientos en bucle, necesidad de respuesta inmediata y poca paciencia para el malestar. En nuestra clínica de psicología en Barcelona, observamos que el problema no es la tecnología en sí, sino cómo la prisa termina colonizando el modo de desear, de pedir y de relacionarse con la falta.
La respuesta inmediata y el deseo: qué cambia
Cuando una respuesta llega antes de que la pregunta esté madura, algo se acorta: el tiempo de formular, de escuchar(se), de dudar, de encontrar matices. Y ese “intervalo” no es un lujo: muchas veces es el lugar donde una persona puede descubrir qué está pidiendo realmente (y qué está evitando pedir).
En términos clínicos, el deseo no es algo que se “consigue” y se cierra, sino un movimiento que se organiza alrededor de una falta y de lo que no termina de completarse. Esta idea se entiende bien al revisar la tríada lacaniana necesidad–demanda–deseo en la Stanford Encyclopedia of Philosophy (Jacques Lacan).
Deseo y demanda no son lo mismo
La demanda suele ser directa: “dime qué me pasa”, “dime qué hacer”, “dame una solución”. El deseo, en cambio, suele ir por debajo: aparece en lo repetido, en lo que vuelve, en lo que se resiste a cerrarse con una frase coherente. Por eso, en terapia, no siempre se busca contestar rápido: se busca escuchar lo que insiste.
Cuando el algoritmo responde de inmediato, puede tranquilizar… pero también puede empujar a una forma de relación donde todo debe cerrarse pronto, sin tiempo para elaborar. Esa coherencia rápida se parece a un calmante: baja la tensión, pero a veces deja intacto lo que la generaba.
La lógica del clic y la “economía” de la atención
La inmediatez digital educa el cuerpo y la mente a esperar poco. No solo “queremos” respuesta: la sentimos como necesaria. Y cuanto más se refuerza esa dinámica, más difícil resulta sostener preguntas abiertas, tolerar silencios o atravesar estados emocionales sin resolverlos en segundos.
Hay investigación que conecta hábitos de uso del smartphone con cambios en atención, autocontrol y funcionamiento cognitivo, lo que ayuda a entender por qué la respuesta rápida se vuelve tan adictiva; un buen punto de partida es la revisión “Smartphones and Cognition” en PubMed Central (NIH).
Cuando lo que calma se convierte en dependencia
Una respuesta inmediata alivia, y ese alivio es real. El riesgo aparece cuando el sistema se transforma en regulador principal: si hay ansiedad, se pregunta; si hay vacío, se pregunta; si hay duda, se pregunta. Entonces la persona empieza a perder el músculo de tolerar el intervalo, y con él, la posibilidad de elaborar.
En ese terreno, es frecuente que la relación con el móvil deje de ser una herramienta y empiece a ser un “sostén” automático; cuando esto ocurre, puede ser útil trabajar específicamente la adicción al móvil en terapia para recuperar margen, atención y un ritmo más humano.
¿Qué pasa con lo que no tiene respuesta rápida?
Lo ambiguo, lo contradictorio, lo que no se entiende del todo, suele ser precisamente lo más importante. En clínica, esa parte “sin solución inmediata” es material valioso: ahí aparecen patrones, defensas, miedos y formas de relación que no se arreglan con instrucciones.
La prisa por cerrar puede funcionar como evitación: si lo resuelvo rápido, no tengo que atravesarlo. Pero lo que se evita suele volver, y vuelve con más fuerza cuando no se le da un lugar en la palabra.
Inmediatez y cuerpo: cuando la mente no apaga
La cultura de la respuesta inmediata también se paga en el cuerpo: hiperalerta, dificultad para desconectar, sensación de “tener que estar disponible”. No es raro que el sueño sea uno de los primeros lugares donde se nota.
Si la inmediatez y el uso nocturno del móvil están afectando al descanso, trabajar la terapia para el insomnio puede ayudar a cortar el círculo de cansancio-ansiedad-pantalla, y a recuperar un ritmo más estable.
Una alternativa práctica: volver a abrir espacio
No se trata de demonizar la tecnología, sino de recuperar pequeñas demoras: escribir y esperar antes de enviar, caminar sin auriculares unos minutos, dejar una pregunta sin respuesta inmediata, tolerar un silencio breve. Ese “espacio” es donde el deseo puede reaparecer como movimiento y no como consumo de soluciones.
En momentos de ansiedad, también ayuda distinguir entre urgencia emocional y necesidad real: hay estrategias sencillas que pueden aliviar sin convertir la calma en dependencia, como las que se explicamos en el artículo de -> cómo superar la ansiedad sin medicamentos.
Para cerrar: del clic a la palabra
Cuando el algoritmo responde antes de que hablemos, puede darnos control, coherencia y alivio. Pero el deseo no funciona como un buscador: necesita tiempo, falta, preguntas que no cierran y un lugar donde lo repetido pueda decirse de otra manera. Si notas que la inmediatez te está dejando sin paciencia para ti mismo, o que la angustia se regula solo con pantallas y respuestas rápidas, puede ser buen momento para revisar si necesitas un apoyo profesional.


